SU AMADA IGLESIA

Aún no había sonado el primer tic…tac… del tiempo, ni había comenzado el interminable círculo de la eternidad. No existían cosas creadas ni cosas increadas que compartie
sen espacio con Él. Todo lo que existía… Era el Cristo Dios. Ni había espacio para nada más. Él era todo.
Ni podía decirse que fuera viejo, ya que Él es el Eterno.
No tenía edad. Por lo mismo era joven, pues, hasta el presente este Dios Sempiterno nunca ha tenido más de treinta y tres años.
ÉL TAMBIÉN ERA LA VIDA
No una vida, porque Él es la única Vida. Más tarde habría otras formas de vida; pero en aquella no-existencia de tiempo de un pasado remoto, no había sino una sola forma de vida en la tabla biológica.
Y TAMBIÉN ERA PODER
Poder… Incontenible, irrestringible; poder sobrecogedor, ilimitado. Él era, y es, todo poder.
Pero eso no era todo. Había algo más en Él… Algo que era en gran manera su propia naturaleza; la Esencia misma de Su Ser.
Un elemento de Él, tan vasto que excedía a todos los demás elementos de Su Ser combinados. La Esencia misma de Dios…
ÉL ERA AMOR… Sí Amor… Inmensurable, eterno, expresivo y verdadero.
Y en este Dios, que moraba tan solo, tan completamente solo, no había imperfección. Pero había una gran paradoja; aun cuando estaba solo, con todo y eso Él amaba.
En la única Deidad había una eterna expresión de amor, pero no había un facsímil, es decir, un otro “OTRO YO”, o sea, “UNA ELLA” que Él pudiese amar.
En este Dios Sempiterno, que no envejecía, pulsaba un amor tan vasto, tan poderoso. Pero no había un “OTRO YO”, es decir, “UNA ELLA” a quien Él pudiera amar. Y así, en esta gran paradoja, Él moraba solo, completamente solo.
Hasta que… Le brotó un maravilloso pensamiento desde lo más profundo de Su Ser, y enseguida fluyó a todo lo largo y ancho de la infinitud de Su Ser. Era tan sobrecogedor ese pensamiento, que nunca antes hubo ni ha habido desde entonces nada con qué pudiera compararse.
La vida pulsó, y la luz fulguró en una gloria recién hallada. El amor ascendió. Y en lo más íntimo de Su Ser, Dios se estremeció al percibir ese pensamiento.
¿CUÁL ERA ESE PENSAMIENTO…? ¡QUÉ PODÍA HABER DOS!
_ “¡ESTO…PUEDE SER REALIZADO!” _ Exclamó dentro de Sí mismo. Y con ese pensamiento recorriéndole todo el Ser, nació el propósito eterno de tener un “OTRO YO”, es decir, “UNA ELLA” a quien Él pudiera amar y expresarle su amor y ser amado por “ELLA”. A quien Él pudiera mostrarle su gloria y ser contemplado por ella en toda Su Plenitud.
Y en medio de un indecible gozo, corrió por todo Él… un propósito… Un plan tan secreto y complejo, que implicaba un riesgo tan grave, que nadie que no fuera El Cristo Dios lo habría intentado jamás. En lo íntimo del consejo de la Deidad, Dios exclamó:
_ “¡YO EL DIOS VIVIENTE…! EL QUE SOY… EL QUE EXISTE POR SÍ MISMO… ¡TENDRÉ EN FÁCSÍMIL! ¡UN OTRO YO! ¡UNA ELLA DE MI MISMA ESENCIA! ¡DE MI MISMA SUSTANCIA! ¡DE MI MISMA NATURALEZA!”
Percibiendo las llamas eternas de Su amor, declaró:
_ “¡PUEDE HABER UNA ELLA!”
El Dios Sempiterno, Viviente, Omnisciente, Omnipresente y Omnipotente había producido un pensamiento tan emocionante, que hasta Él se estremecía en Su mismo Resplandor. Entonces, pletórico de amor y gozo en Su pensamiento y en Su propósito, consagró todo Su Ser a esa única tarea: “TENER UNA DESPOSADA” «SU AMADA IGLESIA.»
Este pensamiento y este propósito, nadie lo sabía, puesto que allí no había nadie para saberlo. Y nadie lo sabría hasta el cumplimiento del tiempo, porque era un plan secreto que permanecería escondido casi hasta el fin.
Ni tampoco podía ninguna mente, excepto la del Cristo Dios, concebir jamás la profundidad de ese, tan vasto misterio. Un misterio eterno e infinito, escondido el solo Dios.
Con fervor y singularidad divinos, Dios se dio a la tarea de realizar su visión suprema. Ahora sabía que nunca más volvería a satisfecho, con estar solo.
El Dios Eterno y Todopoderoso creó al hombre a su imagen y semejanza, varón y hembra los creó y los puso en el huerto del Edén. Hora el hombre jamás volvería a estar solo, desde ahora tendría una “ELLA” a quien amar y quien lo amara.
Y así aconteció, en medio de la serena belleza del huerto del Edén, el lugar más bello que parecía el cielo en la tierra, que él la abrazó de nuevo, y mientras los ángeles se regocijaban en aquella primigenia era de inocencia, el señor de la tierra y “SU OTRO YO”, es decir, “SU ELLA” vinieron a ser, una vez más… una sola carne.
Sin ser notado por ningún ojo creado, el Dios viviente se retiró calladamente. En tanto que los ángeles prorrumpieron en alegría desbordante al ver el júbilo del hombre, el Dios vivo se elevó por encima de la tierra, por encima del firmamento, volvió a los lugares celestiales, y una vez más ascendió, volviendo a esa ausencia de lugar, fuera del tiempo, fuera de todo ámbito visible… de vuelta allá donde Él era Todo.
Allí, absolutamente solo, tan solo como lo había estado tan largamente desde antes de todas las cosas, el Todopoderoso Dios dejó escapar desde lo profundo de su corazón un grito de melancolía:
_ “¡NOOO! ¡NOOO! ¡OH HOMBRE! NO TODAS LAS COSAS SON BUENAS. ¡NO ES BUENO QUE DIOS…ESTÉ SOLO!”
Entonces, Cristo como Dios antes de crear los cielos y la tierra estaba solo, completamente solo; y en esa soledad Él contempló Su “OTRO YO”, es decir, Su “ELLA”, la cual es Su amada iglesia.

Pastor: Adrián Zapata

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